jueves, 22 de abril de 2010

La toma de Acapulco por Morelos

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José María Morelos y la toma de Acapulco
Raúl Alberto González Lezama

Investigador del INEHRM
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A inicios de 1813, la ocupación de la ciudad de Oaxaca por Morelos sumó una importante provincia a la vasta zona de la Nueva España en la que los insurgentes mantenían vivos los ideales de Miguel Hidalgo. Este territorio se extendía desde el istmo de Tehuantepec hasta más allá de las bocas del río Zacatula, a lo largo de la costa del Pacífico, toda la provincia de Oaxaca, y buena parte de la provincia de Puebla, donde Osorno, desde Zacatlán hacía sentir su influencia por la región. Otros más como los Villagrán, Liceaga, Rayón, Verdusco y Cos, eran dueños de todo el sur de las de México y Valladolid. Por su parte, Nicolás Bravo actuando en la provincia de Veracruz, obstaculizaba seriamente la comunicación entre el puerto y las importantes ciudades de Jalapa, Orizaba y Córdoba y salvaguardaba el tránsito con Oaxaca. En la Nueva Galicia y San Luis Potosí, operaban numerosas partidas que no daban descaso a las autoridades virreinales.
Únicamente Acapulco se sustraía al dominio insurgente. Por lo tanto, nada parecía más lógico y útil para la causa que ocupar ese puerto y conquistar con ello el control de las comunicaciones por la costa, con las Filipinas, Centroamérica y Sudamérica. De manera adicional los rebeldes podrían beneficiarse con los ingresos que reportaría el control del comercio local y extranjero.
Además de las razones expresadas, Morelos se encontraba ansioso por poseer el control de un puerto que le permitiera el acceso al exterior, sobre todo porque creía, erróneamente, que las fuerzas de Napoleón Bonaparte ocupaban ya el de Cádiz en la península Ibérica. Por eso, por seguridad, después de conquistado Acapulco, debía de ser tomado Veracruz y así, si los franceses intentaban atacar la Nueva España, estarían en condiciones de hacerles frente y evitar una posible invasión proveniente del Pacífico o del Golfo de México.
La mala información no era un caso extraño en esa época; como ejemplo tenemos lo publicado por la Gazeta de Caracas, que afirmaba que en febrero de ese año, Rayón consiguió entrar en la Ciudad de México y el virrey Venegas había huido refugiándose en el fuerte de Perote donde lo tenía sitiado el general Morelos, cuyo cuartel general se encontraba en Orizaba con 3 000 hombres. Tanta fe daban a aquellas noticias en Sudamérica que se atrevían a afirmar que en la Ciudad de México Rayón había capturado 30 cañones de bronce y 3 000 fusiles. No debe extrañarnos pues, que Morelos estuviera convencido de la necesidad de tomar providencias en contra de un enemigo externo al que creía en posesión absoluta de España. También pesaba en su ánimo la orden recibida de su maestro Miguel Hidalgo quien en la entrevista que sostuvieron en Charo lo comisionó para insurreccionar el sur de Nueva España y apoderarse de Acapulco lo cual no pudo logar en su primer intento.
Decidido a comandar en persona la expedición, Morelos salió de la ciudad de Oaxaca el 9 de febrero; lo acompañaban unos tres mil hombres. Esta fuerza disminuyó, pues en Yanhuitlán dejó a Mariano Matamoros encargado de la seguridad de la región al frente de 1 500 elementos.
Después de numerosas y agotadoras jornadas, el ejército del sur pudo situarse frente a la plaza de Acapulco en la madrugada del 6 de abril. Con unos dos mil hombres y algunas piezas de artillería, pretendía Morelos hacer frente al coronel Pedro Vélez, quien tenía a su favor el fuerte de San Diego, lugar a donde podría replegarse y guarecer sus fuerzas en caso de no poder contener el avance enemigo. Además, contaba con el apoyo de algunos bergantines y otras naves armadas, que desde el mar, protegían el acceso al castillo y estaban en posibilidad de hostilizar las posiciones de los insurgentes en tierra, así como de abastecer de alimentos y municiones a los defensores del fuerte.
Al amanecer inició el ataque de la plaza; los insurgentes dividieron sus fuerzas en tres columnas, la primera comandada por Hermenegildo Galeana, la segunda al mando del teniente coronel Felipe González y la última al frente del brigadier Julián Ávila.
Galeana y sus hombres tras una encarnizada refriega, lograron tomar el cerro de la Iguana, mientras que, por su parte, Ávila con grandes esfuerzos, tomaba la Casa Mata y conquistaba el cerro de la Mira, ambas posiciones de gran importancia cuya pérdida obligó a los realistas a concentrarse en la plaza desde donde ofrecieron una tenaz resistencia.
Morelos estableció su cuartel en el cerro de la Iguana. Durante seis días se realizaron varios intentos de aniquilar al enemigo guarecido en la plaza, pero la artillería realista, muy superior, permitió a los sitiados mantener a raya a los atacantes, incluso en dos ocasiones el cura de Carácuaro estuvo a punto de perder la vida cuando sendas balas de cañón pasaron rozando su cuerpo. Despreciando su seguridad, el caudillo insistió en inspeccionar personalmente las posiciones, y mientras realizaba uno de esos recorridos, se le presentó María Manuela Medina, originaria de Taxco, a quien la Suprema Junta había otorgado el grado de capitana por haber formado una compañía con la que, hasta ese momento, había participado en siete acciones de guerra.
El 10 de abril fue conquistada Caleta y el día 12 Morelos dio la orden de que se ejecutara el asalto final. El combate se extendió a lo largo del día con gran dificultad para los atacantes, puesto que recibían un nutrido fuego proveniente del fuerte de San Diego, del fortín del Padrastro, del Hospital y de dos bergantines que desde el mar hostilizaban a los insurgentes. El general Ávila resultó herido en una pierna y todo parecía indicar que la ofensiva no tendría mayor éxito que las precedentes, sin embargo, una terrible explosión provocada por el incendio de un cajón de pólvora hizo volar las paredes del Hospital. La tropa que lo guarecía se llenó de terror, huyó hacia el fuerte dejando desprotegida la posición y lo mismo hicieron el resto de los defensores de la plaza, que fue tomada por los insurgentes.
Poco después de la puesta de sol del 12 de abril, los sitiadores pudieron tomar control de la plaza. Contrario a lo que había venido ocurriendo, en esa ocasión, tras la victoria, no se vivió la terrible experiencia de que los prisioneros fueran sacrificados, en cambio, la enérgica disposición de Morelos no fue suficiente para contener el saqueo de las casas y comercios de la villa, así como para reprimir las escenas de embriaguez de sus soldados con los frutos de su rapiña en las vinaterías.
Sin duda, fue un triunfo significativo, pero la campaña no había concluido pues, no obstante haber conquistado la villa y el puerto, restaba por reducir la fortaleza de San Diego, y esa labor no fue posible sino hasta el 20 de agosto cuando por fin el coronel Vélez capituló. Años más tarde, en 1816, el derrotado comandante justificó su derrota ante el virrey Apodaca diciendo que “Desde las remotas fronteras del reino de Guatemala, hasta la destrozada provincia de Michoacán, y desde las aguas del Sur por este rumbo, hasta las goteras de la capital, solos 364 soldados y 47 paisanos marineros a mis órdenes, defendían a sangre y fuego el pabellón español y los derechos preciosos del rey benigno que nos manda”.
La campaña consumió seis meses y medio, contando desde la salida de Oaxaca en los primeros días de febrero. En ese tiempo, Félix María Calleja conquistó las posiciones insurgentes en Tlalpujahua, Huichapam y Zimapán, y concentró hombres en las orillas del Mexcala. Las autoridades virreinales lograron reagrupar sus fuerzas y se adoptaron nuevas estrategias contra los rebeldes. De este modo, se perdieron muchas de las ventajas que los insurgentes tenían sobre los realistas.
El tiempo y recursos invertidos en la toma de Acapulco tuvieron a mediano plazo nefastas consecuencias para el movimiento insurgente. Calleja, el general, que sin éxito, intentó derrotar a Morelos en el sitio de Cuautla, asumió el cargo de virrey y supo aprovechar las circunstancias y emplearlas contra los insurgentes. Muchos autores coinciden en juzgar la campaña sobre Acapulco como una decisión equivocada del Siervo de la Nación que a la larga provocaría la decadencia de su movimiento, pero hay que considerar que Morelos contaba con mala información y tomó una decisión basada en una imagen distorsionada de lo que ocurría, especialmente en Europa.
José María Morelos se encontraba convencido de que la toma de Acapulco aportaría tantos beneficios a la causa —sobre todo de índole estratégica—, que permitiría al movimiento revolucionario iniciar su transformación con miras de constituirse en una nación independiente. Por esa razón, el 28 de junio desde el mismo puerto, un mes antes de haber rendido el fuerte de San Diego, el cura declaró:
“Habiendo ya la Divina Providencia proporcionado un terreno seguro y capaz de plantear en él algún gobierno, debemos comenzar por el prometido en plan de nuestra santa insurrección, que es el de formar un Congreso, compuesto de representantes de las provincias que promuevan sus derechos”.
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Consultado en:
http://www.inehrm.gob.mx/Portal/PtMain.php?pagina=exp-toma-de-acapulco-articulo

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