jueves, 21 de abril de 2011

Constructores de Acapulco VIII

Constructores de Acapulco VIII

Anituy Rebolledo Ayerdi
El Supremo retorna a la infancia:
*Le entro sólo que “juéguemos” a la guerrita.
*¡Habla, habla, boca de tabla…!
*¡Botellita de jerez…!
*¡Botellita de vinagre…!
*¡Yo no fui, fue Teté…!
*¡No oigo, no oigo, soy de palo!


La catedral de Acapulco

–Ya está viejo y cansado, no tiene fuerzas ni ánimos para encabezar una cruzada como nunca se ha emprendido en Acapulco.

Así justificaban algunas damas católicas al cura párroco del puerto, Florentino Díaz, por su indeclinable posición contraria a la iniciativa de aquellas para construir ya, de una vez y para siempre, la catedral de Acapulco. Estaban convencidas de que este era el puerto mexicano con futuro más promisorio y por tanto no debía recibir a sus visitantes de todas latitudes con una casa de oración sin techumbre, ruinosa. Se imponía, pues, una moderna, espaciosa y bien ventilada iglesia, digna de nuestra señora de La Soledad y de los acapulqueños.

Y no será la primera vez que sean mujeres las que acepten retos tan formidables como el de emprender una obra majestuosa que será orgullo de los porteños. Hoy mismo, son mujeres las más activas y entusiastas emprendedoras de un proyecto similar, la nueva catedral del puerto cuyas formas modernistas ya apuntan hacia el cielo.
Hablando de futuro promisorio, es el que tiene ante sí el joven arquitecto Rodolfo Lobato Jiménez, egresado del Instituto Tecnológico de Acapulco, cuya tesis profesional sobre la catedral de Acapulco saquearemos, auténticamente, para esta entrega,esperando desde luego su benevolencia.

Anota Lobato Jiménez que destacaban en aquél grupo de entusiastas damas doña Chenchita Sotelo de Batani, doña Apolonia Altamirano de Ramírez (madre de nuestro insigne compositor José Agustín Ramírez ), doña Ángela Lobato y la señorita Eduviges Muñúzuri.

Las primeras aportaciones

Tanto insistieron e insistieron hasta que la terquedad del párroco se dobló. Ayudó mucho la intervención del también sacerdote Isidoro Ramírez, de visita en el puerto, con gran ascendiente sobre el Padre Tino, como le llamaba todo Acapulco.

–Bueno, bueno, está bien, está bien: hagámosle una casita muy bonita y acogedora a nuestra virgencita de La Soledad… ¡y que Dios nos ayude!– la decisión del santo varón provocará el júbilo desbordado de sus promotoras.

Los preparativos de la obra arrancan el 26 de mayo de 1936, cinco años después de iniciada la catedral de Chilapa. Ambas, como ya se sabe, bajo la dirección del arquitecto Federico Mariscal y Piña, constructor también del Palacio del Gobierno del DF y del catafalco de Morelos en uno de los patios de Palacio Nacional. Promotor también de la primera sociedad mexicana de arquitectos del siglo XX y cuyo nombre lleva todavía una cátedra en la Facultad de Arquitectura de la UNAM.

–¡Dinero, necesitamos mucho dinero y hay que obtenerlo a cómo dé lugar, de donde sea y como sea!– declara el grupo su consigna.

–¡Sí, estoy de acuerdo pero sin caer en conductas indecorosas! –ataja con deliciosa picardía la Tía Pola, como le decíamos los Rebolledo Ayerdi a la señora Altamirano de Ramírez, vecinos con ella, patio con patio. Ella, con el frente por las escalinatas de Madero y nos por Independencia.

El grupo se distribuye por zonas una ciudad de poco más de 6 mil habitantes (ello según el censo de población de 1930. Iguala tenía ¡12 mil! Y Chilpancingo 8 mil habitantes). Y en las primeras “boteadas” logran una recaudación generosísima de 14 mil pesos (el tipo de cambio se había disparado a cinco pesos por dólar).
Meticulosas, las damas llevaban un registro acucioso de los donadores y entre los primeros figuraron Jovita Regil de Muñúzuri, en cuya tienda Las 3 BBB, de Escudero, se reunía el grupo voluntario (luego estará ahí o a un lado la imprescindible zapatería El Bazar de Acapulco, de don Jesús Duque, un hispano toda bondad y simpatía que fue la otra cara del clásico gachupín, como los hubo muchos en el puerto. Sus hijos forman hoy familias bonitas y productivas.

Guerrero bronco

Ahí estaban también Doña Susana Urrea de Romero (madre de Manuel y Rafael, histórico beisbolista local el primero), doña Thema Montano, esposa de don Agustín Montano, padres de Lourdes y Tano, propietarios de la farmacia La Salud, en Jesús Carranza; las familias Lobato, Hudson, Añorve y muchas más. No menos generosas serán las aportaciones del general Juan Andrew Almazán, del hotel Anáhuac (más tarde Papagayo), de don Heladio Fernández y de la señora Beatriz Velasco de Alemán, primera dama de Veracruz, a quien sin embargo le gustaba más Acapulco.

Convencidas de que la tarea era demasiado pesada para ellas solas (con maridos e hijos que atender y compromisos sociales que cumplir), las damas voluntarias proponen la creación de un comité oficial aceptando quedarse ellas solo como auxiliares. Pero, eso sí, sin bajar la intensidad de su trabajo. Así, se integrará el Comité Pro Construcción de la Catedral de Acapulco, encabezado por el párroco Leopoldo Díaz y el canónigo Constantino Arizmendi, como vicepresidente. Será secretario don Pedro Díaz, y tesorero don José Fernández Cañedo. Comité que hará la contratación formal con el arquitecto Mariscal, recomendado ampliamente por el Obispo Leopoldo Díaz Escudero.

Radicado en la ciudad de México, el arquitecto Mariscal designará como responsables de la obra a dos colegas y amigos suyos, Pellandini Cusi y Madrigal Solchaga, quienes habían adoptado a Acapulco como patria chiquita. A las primeras de cambio, ambos comprobarán por qué se hablaba de un “Guerrero Bronco”.

Un día cualquiera se escuchan unas detonaciones procedentes del zócalo.

–¿Qué santo se festeja hoy que hay tantos cohetes? –pregunta Madrigal.

–¿Cuetes? ¡Madres, son balazos! –responden a un tiempo los albañiles con quienes dialogan– ¡Pecho tierra o nos lleva la chingada! –ordena uno de ellos con voz de trueno.

Aquellos hombres permanecerán comiendo tierra por casi media hora, tiempo que duró la refriega –supieron después– entre dos “gambas” de pistoleros de la Costa Chica, topados casualmente en el Zócalo. Los dos arquitectos “frasteros” (forasteros), así considerados no obstante su declarado acapulqueñismo, se enfermarán de “correquetealcanza” o chorrillo cuando se enteren de que el encuentro había dejado un saldo sangriento de por lo menos media docena de cadáveres.

–¿Qué culpa tiene Acapulco de que a esos malditos les guste venir a matarse al nivel del mar? –será la reflexión profunda del alcalde Estrada. Hoy válida.

En algunos momentos los miembros del Comité, pero particularmente las damas voluntarias, llegarán a desesperarse cuando el dinero fluya a cuenta gotas, no a raudales como ellas deseaban.

–¡Pero fluye , fluye! –advierte la siempre oportuna Tía Pola– No hay que olvidar que nuestros mayores contribuyentes son la gente del pueblo y la mayoría lo hace con monedas y muy pocos con billetes (el salario mínimo se había establecido dos años atrás, pero aquí era considerado por los patrones hispanos como improbable, producto de “ideas exóticas”).

Santiago Galas

Porque, hay que decirlo, no todos los ricachones se escondían de las damas voluntarias o se quejaban de traer cartera vacías. Los había como el general Almazán (citado ya como dueño del hotel Anáhuac-Papagayo), quien él mismo se fijó una donación de mil quinientos pesos mensuales. Más espléndido será el empresario español Santiago Galas, cuya aportación era de dos mil pesos, también mensuales.
El señor Galas, el impresor de los famosos calendarios pintados por el español Helguera, cuyos temas mexicanos henchían de orgullo nacionalista a sus poseedores, tendrá aquí una amarga experiencia. Construye un edificio de apartamentos y locales comerciales en parte de lo que había sido el mercado de El Parazal (hoy Artesanías). Concluida apenas la obra negra suspende la construcción y ahí queda. Cuando finalmente quiera terminarlo no podrá hacerlo por estar cercado el inmueble por barracas de comerciantes fijos, semifijos y ambulantes. No los moverán, advierten sus líderes, ni con una ni con la bomba atómica. Y no los movieron.

Adquiere más tarde el edificio Galas el empresario local don Santiago Navarrete (papá de Fernando, director de Diario 17). Cerrado el trato, el simpático y amiguero Reynaldo Manzanares (el de la funeraria con su nombre) llega al café con la nueva: “¡Chago mató víboras en día viernes!”. Se hizo de ese edificiazo casi regalado: 6 u 8 millones de pesos, ¡una bicoca! Este mortal se echó mano a la bolsa del pantalón, asegurándose de llevar los dos pesos del café, propina incluida.

La Soledad, generala

“¡A’i la llevan, a’i la llevan”, era la cantinela de Pioquinto el tubero (de tuba, la sabia de la palmera, no del instrumento musical y tampoco de tubo), al recalar todas las tardes en su casa del Teconche, luego de recorrer las cantinas del barrio de La Playa.

Y a’i la llevaban, efectivamente. Siempre con una lentitud desesperante para todo mundo pues el avance dependía del caudal de las recaudaciones. Estamos en 1944 –anota Lobato Jiménez– y la obra negra aun no se termina. Los acapulqueños, sin embargo, no cejan en su empeño por darle una casa grande a la patrona de La Soledad.
Por la Gran Guerra escasea el acero necesario para las estructuras de la cúpula central y sólo se consigue muy caro en el mercado negro. El Comité viaja a la ciudad de México para encontrarlo, milagrosamente, dirán las damas, en la Casa Hermanos López. La factura por 70 mil pesos desfondará la tesorería a cargo de don Pepe Cañedo, así llamado por todos.

Para 1950 las torres siguen mochas y la cúpula central está lista, pero sin su cubierta azul. Los interiores empiezan a recubrirse con azulejos color amarillo, todo de Talavera, traído de Puebla. Las columnas son recubiertas con mármol guerrerense. El párroco Bernardo García se encargará durante su estancia de las macizas bancas, mismo mobiliario actual, así como del piso de granito.

Gran conmoción entre la curia y la feligresía: Se terminan el altar mayor y las capillas de la virgen de Guadalupe y del Sagrado Corazón de Jesús. La imagen de la primera es obsequiada por doña Beatriz Velasco de Alemán, ya primera dama de la nación, y el segundo traído de España por su donador don Heladio Fernández. La virgen de La Soledad es la misma obsequiada por el rey Felipe II. Recibirá más tarde, en ceremonia militar celebrada el Fuerte de San Diego, el bastón de mando y la banda de generala del ejército realista. Hoy las sigue portando.

Veinte años después de iniciada la catedral de Acapulco, en 1956, las cúpulas mayor y la del presbiterio estaban cubiertas con azulejo y estrellas amarillas. Las torres lanzadas al cielo con sus cúpulas abulbadas cubiertas también por azulejo talaverino. Tal como está actualmente.

Reacciones

Las reacciones de los lugareños, cuando se rematen las cúpulas estilo bizantino (los interiores al más puro estilo art decó, nacido en la exposición de Artes Decorativos de París en 1925), irán del aplauso entusiasta al rechazo incluso agresivo. No faltará la chistología muy acapulqueña –a veces fina, las más de las veces vulgar–. Tres muestras:

Constantinopla

Un enorme y elegante yate penetra lentamente a la bahía de Acapulco. El patrón de la nave y jefe de familia llama con grandes voces a la esposa:
–¡Vieja, vieja, nos equivocamos, nos equivocamos! ¡Llegamos a Constantinopla y no a Acapulco!.
–¡Te equivocaste tú, viejo pendejo!

Lectura infantiles

Adjudicando falsamente al párroco Díaz el proyecto de la Catedral de N.S. de la Soledad, no faltará quienes, al calor de varios tarros de la cerveza de barril en la vecina Bavaria, disciernan doctoralmente:
–El padre Tino copió la catedral de sus lecturas infantiles, particularmente las de Las mil y una noches.

Bolas

El cabrón curita quiso reflejar con las bolas cupulares el carácter de los Acapulqueños. ¡Güevones, pues!

Pecado

Cada acapulqueño tuvo entonces –tiene ahora– su propia opinión sobre el estilo de la catedral que ya cumple 70 años. Las más, nunca exteriorizadas en público por temor al pecado.

La tierra tiembla

–Poco durará esta tacita de porcelana oriental– lamenta Lobato –Entonces, la tierra temblará…

El Sur, 21 de abril de 2011

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