lunes, 14 de marzo de 2011

Aniversario del fallecimiento de Ignacio Manuel Altamirano

Rodolfo Sámano García

En 1892, obligado por la tuberculosis pulmonar que lo aquejaba, Altamirano hizo un viaje a Italia –entonces residía en París– en compañía de su esposa Margarita Pérez Gavilán, con la esperanza de recuperar un poco las energías perdidas. Su espíritu de artista no pudo haber permanecido insensible ante las maravillas que admiró en aquel milenario país. Seguramente disfrutó lo mismo ante la marmórea belleza de los antiquísimos monumentos que el genio romano esparció por toda Italia, que ante los tesoros exhibidos en las pinacotecas y museos, porque Altamirano fue siempre un enamorado del arte, como puede observarse en sus muy variados escritos literarios. Buscando el sitio adecuado para intentar un poco de alivio, los Altamirano llegaron a San Remo, ciudad famosa por su clima mediterráneo, cerca de Mónaco. Buscando con paciencia logró el maestro conseguir un pequeño cuarto en la Pensión Suiza, no tan espacioso y ventilado como lo hubiera deseado, aunque sí con "un balcón que daba al patio, con vista sobre el mar".

A la llegada de don Joaquín D. Casasús, al que acompañaban su esposa Catalina y su pequeño hijo Héctor, Altamirano no tenía ya fuerzas para tenerse en pie; por lo que acordaron entonces que lo más conveniente era buscar un alojamiento más amplio y mejor ventilado, pues consideraron que la pequeñez del cuarto ahogaba al enfermo. Casasús arrendó la Villa Garbarino, donde el maestro renovó sus esperanzas de continuar viviendo e hizo planes optimistas que realizaría al volver a México. Casasús era un excelente latinista y gran orador, de origen tabasqueño, que se consideraba orgullosamente discípulo directo del maestro Altamirano. Además, la relación familiar que existía entre ambos se debía a que la esposa de Casasús, Catalina, era media hermana de Margarita, esposa de Altamirano, Catalina había sido adoptada desde muy joven por el maestro, dándole su apellido. Fue precisamente Casasús el receptor de las disposiciones testamentarias de Altamirano, que no tenía fortuna, ni deudas, ni problemas de familia. Lo que más le preocupaba era quedar para siempre lejos de México. “No quiero que me dejen en tierra extranjera; y como el medio más seguro para volver a la patria es la cremación de mi cadáver, después que yo muera, imponga usted –dijo a Casasús– su voluntad y mi deseo, y lleve a la patria mis cenizas”.

El maestro murió el 13 de febrero de 1893, a la edad de 59 años, cumpliéndose así una de sus frases favoritas: "En 13 nací, en 13 me casé, en 13 he de morir". Los Casasús no pudieron acompañarlo en los últimos momentos de su existencia, pues habían ido a Génova por los resultados de unos análisis, teniendo todavía la esperanza de que fueran distintos a los que ya conocían. Enterados en Génova del triste desenlace, volvieron presurosos a San Remo, donde don Joaquín se encargó de cumplir fielmente la voluntad última del ilustre maestro.
En San Remo existía un horno crematorio que había sido construido bajo los auspicios de una sociedad de librepensadores, integrantes de la Logia Masónica del lugar, "obligándose todos ellos a que sus cadáveres fueran cremados". Hasta entonces ningún cadáver había sido cremado en dicho horno, por lo que las autoridades de la ciudad, atendiendo la solicitud de Casasús y aprovechando al mismo tiempo la ocasión de hacerlo funcionar por primera vez, dieron todas las facilidades a los atribulados dolientes, que vieron satisfechos como el maestro, muerto ya, daba una última lección en tierra extraña, aunque hospitalaria. Un homenaje sencillo, pero significativo, recibió el maestro por parte de aquellos hombres innovadores, como él, cuando el señor Bernardo Calvino, al frente de una numerosa comitiva, depositó sobre su féretro una corona de flores y dijo a Casasús:

“Hemos sabido que el señor Altamirano, cuya muerte lamentan ustedes, era un viejo liberal, un patriota distinguido y un hombre de letras eminente, y hemos querido, los miembros de la Sociedad de Librepensadores de San Remo, venir a presentarle el testimonio de nuestra simpatía y de nuestra admiración y a acompañarlo al cementerio para ser testigos de la cremación de su cadáver. Va a dar un ejemplo él a esta ciudad, digno de ser imitado, y es muy justo que tomemos participación en esta que juzgamos importantísima ceremonia”.
El 25 de febrero las cenizas fueron provisionalmente depositadas en el Cementerio de Pere-Lachaise, de París, en una austera ceremonia en la que Gustavo Baz dijo la oración fúnebre, de su alocución dijo:

“Altamirano merecía que se le recitase ante su urna un canto de Lucrecia, si su vida no fuese en sí misma una página de Plutarco, y si la estela de su genio y la dignidad de su carácter no hicieran que para honrarlo baste citar su nombre y apelar al testimonio de una generación educada. Estamos, señores, ante las cenizas de un apóstol porque defendió todo lo que amaba con peregrina elocuencia, porque enseñaba y levantaba a los humildes, porque siempre acompañó la acción a la palabra. Fue un precursor porque reclamando para su cuerpo la destrucción inmediata, nos enseñó a pensar el problema de la muerte de una manera levantada”

Las cenizas del maestro Altamirano fueron depositadas en una urna pequeña de madera labrada que en sus costados estaban grabados los símbolos masónicos, como correspondía a quien fue en vida un eminente masón, y llevadas por Casasús a París, luego a Nueva York, después a Veracruz y, finalmente, a la ciudad de México. Sus restos llegaron a Veracruz el 5 de Junio de 1893 en el vapor Orizaba, Las cenizas fueron llevadas al Palacio Municipal del puerto donde la Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz organizó una velada fúnebre en la que hablaron Ignacio Pérez Guzmán y Miguel Macías a nombre del Liceo Altamirano. De Veracruz hacia México el traslado de las cenizas se realizó por medio de ferrocarril. En Orizaba los integrantes de la Logia del lugar solicitaron que el tren se detuviera para realizar una Tenida Fúnebre. En Apizaco, la masonería del lugar se reunió en torno del paso del tren, ahí el Gobernador de Tlaxcala, Próspero Cahuatzin, a nombre de la Logia, en una pieza oratoria destacó la grandeza del Maestro Altamirano. El 7 de Junio de 1893 se efectuó la recepción de los restos en la estación ferroviaria de Buenavista de la ciudad de México, donde una gran multitud hizo acto de presencia para rendir su último tributo, la urna fue llevada a la Cámara de Diputados, donde había una nutrida comitiva oficial encabezada por el Presidente Porfirio Díaz Mori, al entrar los restos al recinto, la Orquesta del Conservatorio Nacional de Música ejecutó la Marcha Altamirano, compuesta por el maestro Macedonio Alcalá.

El 10 de Junio a las 10:30 horas se efectuó la inhumación de los restos en el Panteón Francés y el 13 de noviembre de 1934, al cumplirse el centenario de su nacimiento, sus cenizas fueron depositadas en la Rotonda de los Hombres Ilustres, sita en el Panteón de Dolores de la ciudad de México.

Así terminó la fructífera existencia de uno de los más grandes hombres que ha producido México. Su afán de superación fue constante y decidido; su dedicación al estudio, admirable y digna de ser imitada, y su amor a la patria, demostrado tantas veces con la pluma y con la espada, una lección imperecedera y ejemplar para todos los mexicanos.

Fue Altamirano un liberal avanzado, en época en que el liberalismo era la doctrina y la práctica que servía a la edificación del país. Por ello, valiéndose de la literatura, la política, el periodismo y la cátedra, fue uno de los constructores del México moderno que logró emanciparse, en fiera batalla, contra el poder feudalizante de la Iglesia y de todo el fardo colonial heredado del pasado.
Bibliografía consultada:

FUENTES Díaz, Vicente.- Ignacio M. Altamirano: Triunfo y vía crucis de un escritor liberal.- Casa Altamirano, Gobierno del Estado de Guerrero, Chilpancingo 1988.
CAMPUZANO, Juan R.- Ignacio Manuel Altamirano: Constructor de la nacionalidad y creador de la literatura mexicana.- Instituto Guerrerense de la Cultura, Chilpancingo 1986.

CORZO Gamboa, Arturo.- Altamirano: Maestro de México.- Ediciones Addenda/UPN Unidad 094 D.F, México 1999.

Suplemento Guerrero Cultural, en Periódico Pueblo Guerrero, 07 de marzo de 2011

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