lunes, 21 de marzo de 2011

Benito Pablo Juárez García

FILOSOFIA MARISMEÑA

MC Ramón Larrañaga Torrontegui

Benito Juárez, oaxaqueño nacido el 21 de marzo de 1806 muere el 18 de julio de 1872, Benito Juárez sufrió un ataque de angina de pecho. No era el primero, y el enfermo, que resistió estoicamente los dolores, se resistía a creer que sería el último. Pasó varias horas entre los ataques de la enfermedad hasta que pareció que su fuerte constitución triunfaba una vez más sobre la dolencia, a pesar del peso de los años. Fue tan notoria la aparente recuperación del presidente que amigos y familiares que aguardaban en las habitaciones vecinas se retiraron a comer. El presidente aprovechó la intimidad y preguntó al médico sobre su enfermedad y, al saber que era fatal, empezó a contar anécdotas de su infancia hasta que otro acceso lo obligó a acostarse. Poco después perdió la conciencia y entró en una agonía que se prolongó varias horas hasta que insensiblemente lo abandonó la vida al filo de la medianoche. Al amanecer del día siguiente, el trueno del cañón anunció a los habitantes de la Ciudad de México que se había apagado la luz de aquella inteligencia que por tantos años guió a los mexicanos en la adversidad y la consolidación de nuestra nacionalidad. El cadáver fue conducido al gran salón del Palacio Nacional en cumplimiento de una vieja ley que sólo se había aplicado una vez (existía un solo precedente de fallecimiento del presidente en funciones) y una multitud desfiló para ver el cuerpo de aquel hombre tan admirado por unos como aborrecido por otros.
Por mandato de ley tomó posesión de la presidencia el licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, presidente de la Suprema Corte de Justicia, cuyo primer acto de gobierno consistió en decretar el luto nacional por la muerte del prócer.

El día 23 el cuerpo embalsamado fue conducido al Panteón de San Fernando por una escolta militar, encabezada por los soldados del primer Batallón de Infantería, que antes se había llamado Batallón Supremos Poderes y que durante la Intervención francesa había acompañado al presidente Juárez en su largo y accidentado peregrinar desde la capital hasta la frontera norte, salvándole la vida en más de una ocasión. Además del solemne aparato militar, el cortejo fue acompañado por una gran masa del pueblo.

Terminó el entierro y a las dos de la tarde de ese día sonó el último de los cañonazos que desde el día 19 se habían disparado cada cuarto de hora para anunciar a la República que había dejado de existir Don Benito Pablo Juárez García.
¿Qué hacía diferente a aquel hombre que murió de esa manera, en el pináculo de su poder personal? Una de las virtudes que se dio en un grado excepcional en Benito Juárez fue la capacidad para entender su época, para asimilar los problemas que ésta le presentaba y así poder resolverlos, actuando con claridad cuando cerebros más brillantes que el suyo se ofuscaban u opacaban ante la complejidad de los problemas.
Benito Juárez era a la vez un estadista y un político, en una proporción muy finamente equilibrada. Junto a su visión de Estado y su proyecto de nación a largo plazo, Juárez reunía las habilidades del político capaz de maniobrar y negociar, de combinar la firmeza y la flexibilidad, de intrigar y buscar alianzas en aras de sus objetivos.

Benito Juárez era, por formación, un político conciliador y moderado, pero cuando se convencía de que la conciliación no daría resultados o que sería incluso contraproducente, se tornaba inflexible. Sin embargo, siempre fue mucho más conciliador con el adversario nacional que con el enemigo extranjero: ante los franceses y ante el emperador Maximiliano no lo fue. En lo personal admiro a Juárez por una razón, que en su tiempo poco o nada significaba, pero que en la actualidad parece asombrosa, de hecho increíble: una honestidad personal tan natural, tan congénita, que en su época no fue siquiera tema de conversación, mucho menos de alabanza.

Y esta razón aparece con una claridad meridiana al revisar el inventario que de sus bienes se levantó poco después de su muerte: el hombre que había sido diputado federal, dos veces gobernador de Oaxaca, secretario de Justicia, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y presidente de la República durante catorce años y medio, ejerciendo en algunos periodos como auténtico dictador, tenía al morir bienes por valor de 155,233 pesos. Además de algún capital líquido o depositado en casas bancarias, los bienes de Juárez se limitaban a una calesa usada con su tronco de mulas, tres casas en la ciudad de México y una en la ciudad de Oaxaca. Si alguien creyera que la actuación pública de Juárez no fue benéfica para México, si alguien no cree necesario observar cómo los mexicanos de la sexta, séptima y octava década del siglo XIX construyeron un Estado nacional sobre bases bien precarias, a las que dieron sustento y fortaleza; si alguien pensara que no hay razón para recordar a esa generación y a su jefe, esta sola cualidad debería bastar para recordar que hay aún muchas lecciones que asimilar y muchos ejemplos que seguir en la vida pública de don Benito Pablo Juárez García.

ANÉCDOTAS.-"LOS VALIENTES NO ASESINAN"

Ahora permítame contarle algunas anécdotas que nos muestran la grandeza y al mismo tiempo la humildad de Juárez. Se encontraba don Benito en el palacio de gobierno del estado de Jalisco cuando los soldados amotinados ingresaron violentamente en el salón en que Juárez despachaba con sus ministros. El oficial al mando ordenó a sus hombres que prepararan los fusiles y que apuntaran directamente al presidente Juárez, quien quedó como petrificado ante la inminencia de la muerte. En eso, Guillermo Prieto, llevado por el "vértigo" como lo confeso después, tomó a Juárez por la ropa, lo puso a sus espaldas, abrió los brazos en cruz y grito fuertemente: "¡Levanten esas armas!... ¡Los valientes no asesinan!... ¿¡Quieren sangre!?... ¡Bébanse la mía!" Impresionados, los soldados bajaron los fusiles y se retiraron confundidos. Juárez decidió que debía buscar refugio en un lugar más seguro, en el último bastión del liberalismo mexicano: el puerto de Veracruz.
LA CORBATA.-Frente al espejo, un día Benito trataba inútilmente de ponerse la corbata, de repente observó que un mechón rebelde del cabello se alzaba con terquedad; aplazando la tarea de la corbata, tomo un cepillo y se peinó insistentemente hasta que el pelo quedó aplacado; después volvió a la corbata, volvió a hacer el nudo pero en cada intento fracasaba, no quedaba complacido del resultado, hasta que, ya impaciente, grito: ¡Margarita!, y al escuchar la voz de su marido, ella le respondió igualmente fuerte: ¡Voy! En el espejo apareció entonces también la figura de la esposa, atrás del presidente de la República , que no atinaba a componerse su atuendo personal. "Margarita por favor, ¡esta corbata!" Y ella, mientras hábilmente arreglaba los desperfectos, hacía uso de su derecho de esposa para regañar al marido: ¡Ay hijo!, ¡Pero qué inútil eres! No sirves ni para ponerte una corbata bien. (Tuvo al menos dos hijos con una mujer anónima del pueblo, a la que desconoció para luego casarse con Margarita Maza, hija adoptiva de su antiguo patrón, Antonio Maza. Al celebrarse la boda tenía 37 años y ella 17)
LA CRIADA RESPONDONA.-Era tal la humildad y modestia de Benito Juárez que, como era su costumbre levantarse a las seis de la mañana y bañarse luego, cuando llegó a Veracruz por imperativo de la Revolución de Ayutla, una madrugada pidió a una indita de la servidumbre de la casa en que se hospedaba le llevara el agua para su aseo... y la criada, al ver que quien se lo pedía era un hombre "menudo" y de tez cobriza, con ademanes que por lo comedidos parecían acusar timidez, creyó estar frente a otro hombre de la servidumbre y le dijo: ¡Vaya, un indio manducón que parece el "improsulto"! si quiere agua, ande y búsquela...Y Juárez tomó el balde, obedeciendo a la indita airada, trajo el agua y se bañó.

RECIPROCIDAD.-Cuando el Presidente Juárez se salvó de morir en Guadalajara, en marzo de 1858, al oficial que mandaba el pelotón de su fusilamiento y que pertenecía a las fuerzas del Partido Conservador, le entregó una tarjeta con su nombre y la siguiente frase: "reciprocidad en la vida". Tiempo después, dicho oficial, que no era otro sino Filomeno Bravo, fue hecho prisionero en Zacatecas; y cuando se disponían a pasarlo por las armas, él entregó la tarjeta de don Benito... y le perdonaron la vida... Bravo llegó a ser Gobernador del Estado de Colima.

INDIO LEAL.-Se cuenta que el general Escobedo le informó al Presidente Juárez que para pagar una deuda de honor, pues a él le debía la vida, le propuso la libertad al general imperialista Tomás Mejía, preso en Querétaro, y que al indicarle que sus compañeros (Miramón y el Emperador) no disfrutarían de tal franquicia, categóricamente renunció a su libertad, aceptando seguir la suerte de sus compañeros de cadalso... Juárez como único comentario, dijo: "Claro, Mejía es indio... y es leal."

LAS CONDECORACIONES.-Es sabido que las fuerzas francesas que participaron en la Batalla del Cinco de Mayo perdieron, a manos de los soldados mexicanos, las condecoraciones ganadas en distintas campañas en el viejo mundo. El Presidente Juárez, apenas el 10 de mayo del propio 1862, giró nota al general Zaragoza, en la que decía: "todas las condecoraciones que en el calor del combate arrancaron nuestros soldados a sus bravos vencidos, heridos y prisioneros, les serán devueltas en nombre y como testimonio al valor del Ejército de Oriente y de la generosa Nación Mexicana, considerándose que los desgraciados que las hubieran merecido por hechos distinguidos, cuya memoria es superior a la misma muerte, no las desmerecen en ninguna manera, porque sumisos y debidamente subordinados, han venido a nuestro suelo a traernos una guerra inicua y loca, de cuyo origen y consecuencias serán responsables los que la previnieron".

LAS COPLAS.-En una ocasión en que Juárez cruzaba por la plaza de armas, un trasnochado artesano entonaba la siguiente copla de cierta letrilla en boga: Se dice que está en La Habana el católico Santa Ana y que si surcan las olas las legiones españolas ha de hacer un desatino el moderno Constantino poniéndonos en tutela:-esa sí que ya no cuela- Y cuenta la leyenda que don Benito sonrió al artesano y le dijo en alta voz:

"¡Ah, mi pueblo, mi valiente pueblo!"

ADIÓS MAMÁ CARLOTA.-Siempre se ha dicho que el autor de la letra "Adiós, Mamá Carlota" fue el general Vicente Riva Palacio quien, con dicha composición, festejó el viaje de la esposa de Maximiliano, que en cierto modo fue inmediato anterior a la caída del Imperio. Años más tarde, Riva Palacio era el representante diplomático de México en Madrid y a dicha ciudad llegó la Banda de Música Mexicana que dirigía el notable maestro Encarnación Payén, a quien le pidió que "lánguidamente fuera tocada la mamá Carlota, y la alegría de otros tiempos se tornó gran pesar en Riva Palacio, quien no pudo menos que exclamar: "Pobre mujer, el destino ha sido con ella más cruel que los hombres mismos", mientras enjugaba una lágrima que rodó por sus mejillas.

LE HAN QUITADO UNA PLUMA A MI GALLO.-En el templo de Jesús de Nazareno, más conocido por el vulgo como el Hospital de Jesús (en el que están los restos de Hernán Cortés), existe una lápida con la siguiente leyenda: "10 de marzo de 1858. Coronel José Calderón. Si al rigor sucumbió de adversa suerte, envidiable y heroica fue su muerte". El fue el más gallardo combatiente republicano en la Batalla de Salamanca, que hizo expresar a Juárez: " Le han quitado una pluma a nuestro gallo".La frase célebre del político liberal mexicano Benito Juárez, "Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz", fue enunciada el 15 de julio de 1867.- Discurso pronunciado ante el congreso. ¡Mexicanos! "encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República". ¡Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos! ¡Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz! Se inició en la masonería del Rito Nacional Mexicano, en una ceremonia que se tuvo en las instalaciones del mismo congreso, del cual se habían apropiado los liberales para tener sus reuniones. Juárez adoptó como nombre masónico Guillermo Tell.

Periódico Pueblo Guerrero, 21 de marzo de 2010

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