jueves, 24 de febrero de 2011

Las heroínas de La Sabana

Anituy Rebolledo Ayerdi

A la memoria de don
Miguel Terrazas, un
viejo sabio, inolvidable

Advertencia

El texto que sigue no lleva ningún propósito doloso de despertar o acelerar actitudes francófobas, hoy generalizadas por la reedición de la Guerra de los Pasteles (a la Florence). Se trata del recuerdo de una lucha ejemplar escenificada en estas tierras hace ya casi 150 años y en la que los acapulqueños de su tiempo –hombres, mujeres y niños– dieron ejemplares muestras de valor y reciedumbre. Por lo demás y sin nacionalismos trasnochados, en vía de mientras y a reserva de mejorar, el presidente francés Sarkozy, como dice el filósofo de San Jerónimo, es un manger de la merde.

Enemigo a la vista

La población de Acapulco no esperará ninguna señal de alerta por parte de sus autoridades. La sola presencia de embarcaciones extranjeras penetrando amenazantes en la bahía les hará tomar, como en muchas ocasiones anteriores, la ruta de evacuación que los pondrá a salvo. No otra que la ascensión de los cerros hasta llegar a la cima y si del otro lado, mejor.

Esta vez tampoco se equivocarán. Cuando un buen número ha logrado la evacuación, se iniciará una cañoneo intenso y feroz por parte de las fragatas Cortnelius y Galatea y los vapores Pallas y Diamante, ondeando la escuadrilla el pabellón azul, blanco y rojo de Francia (la bandera de la “Pecsi”, la llamarán los niños de la modernidad). Sus cañones disparan piezas de los números 64 y 89 “todas rayadas” mientras que los defensores del puerto lo hacen con balas del 24 “sin rayar” (seguramente una diferencia abismal), con el agravante de que éstas últimas no le llegan a las naves agresoras.

–“Carajo, estas piezas están mal montadas”, se quejan los artilleros.

Los cañones mal montados se localizan, además de en el fuerte de San Diego, en los fortines que bordean la bahía y que reciben los nombres de Hidalgo, Morelos, Guerrero, Galeana e Iturbide y Álvarez. El defensor de la plaza, general Juan Álvarez, reconocerá la poca efectividad de sus bocas de fuego, al tiempo de poner de manifiesto la barbarie de los franceses que no atacan objetivos militares, sino a la población civil.

Cañoneo implacable

En efecto, el cañoneo sobre la ciudad será despiadado y brutal durante los tres días que dure la agresión. Varios edificios públicos se vienen abajo y las casas que se salvan de la metralla son destruidas por los fuegos por aquella generados. No quedará, como se decía entonces, piedra sobre piedra. Según cálculos de un ingeniero del Estado Mayor de Álvarez, las pérdidas en la ciudad ascendían a cien mil pesos, más o menos. “Ni modo de cobrárselos a estos pinches franchutes”, opinará sabiamente el patriarca de La Providencia.

Al tercer día y último de la agresión, Álvarez estará dirigiendo la defensa del puerto desde un cerrito de la ranchería de Parotillas. Y es que sus piernas ya no le responden a causa de la edad y de una vieja lesión de guerra en La Sabana, haciéndole imposible incluso montar a caballo. Su hijo Diego, también general, lo auxilia en esa tarea desde la bahía, cuyos fuertes han sido silenciados casi en su totalidad. Sólo en el fortín Álvarez, del cerro de La Mira, ondea todavía hecha jirones la bandera de la República y su cañones no han dejado de vomitar fuego. Una bala de 24 “sin rayar” logrará el prodigio de averiar el casco de la Galatea cuando se acerque demasiado a tierra y será el único daño de los defensores al enemigo naval. Por eso, una vez retirada la escuadrilla francesa, el general en jefe enaltecerá el desempeño de sus hombres.

“El valor, la serenidad y la intrepidez con las que han desafiado el peligro el capitán de artillería Carlos Schield, el no menos valiente coronel José María Herrera, al mando del fortín; los tenientes de artillería Camilo Bracho y Francisco Díaz, así como el subteniente Laureano Liquidano Dimayuga (troco de una respetable familia acapulqueña, coautor del libro Memoria de Acapulco)”. Recomienda ascensos para todos ellos y ayuda económica para las familias de los caídos.

El fortín

Desempeñándose como gobernador del Fuerte de San Diego y comandante militar de la región, el general poblano Ignacio Comonfort refuerza diez años atrás la seguridad del puerto con la instalación de fortines alrededor de la bahía y uno que dominará la ciudad en lo alto del cerro de El Vigia, hoy La Mira. Lo llama Álvarez en honor de don Juan, a quien admira profundamente y con quien mantiene una relación filial. Por eso Álvarez entrega al carolino poblano el documento contra la dictadura santanista, redactado en la hacienda de La Providencia, otorgándole la libertad absoluta para modificarlo según su leal saber y entender. Y así lo hace aquél en la fortaleza. Un texto que debió llamarse Plan de Acapulco, pero que por razones militares fue proclamado en Ayutla y tal nombre lleva (Comonfort era administrador de la Aduana de Acapulco, nombrado por Santana, pero al abrazar la causa de Álvarez aquél le inventará un cuantioso peculado ordenando su aprehensión inmediata).

Pan de pata

El cañoneo sobre la ciudad fue sólo el principio, la invasión francesa en el sur continuará por tierra. Por tierra llegará el batallón de soldados africanos de Argel con fama en el mundo de salvajes y sanguinarios. Contra ellos, no obstante, los acapulqueños opondrán eficaz resistencia adoptando tácticas guerrilleras. Pondrán en práctica, además, la operación conocida de antaño como “tierra quemada”, consistente en destruir mediante el fuego sembradíos y graneros, remontar a los cerros toda clase de animales domésticos, además de cegar arroyos y veneros. Les queda el recurso inagotable del mar, que los galos no saben explotar.

El rumor, quien lo dijera, será otra arma eficaz de los lugareños. Difundirán entre los franchutes las más diversas especies sobre el contagio del mal del pinto. Una enfermedad que tenía empavorecidos a los galos desde que la conocieron en la Tierra Caliente y aquí mismo a través de un batallón de Álvarez integrado con puros azulosos “pintorescos”.

La primera versión aceptada por los invasores era en el sentido de que el pinto “entraba” por la planta del pie, razón por la cual no se quitaban las botas ni para bañarse. Cosa que, por otra parte, no acostumbraban. Sólo un grupo de ellos, destinados a la cocina castrense, tendrá la obligación de hacerlo cuando se trate de elaborar el pan para la tropa. Y es que los galos no amasaban la harina con las manos, según la tradición mexicana, sino con los pies desnudos. Varios de ellos danzaban frenéticamente en una gran batea de madera hasta darle consistencia al amasijo. Adquiridas en el mercado negro, las baguettes francesas serán disputadas aquí entre los pudientes encontrándolas ¡sa-bro-sí-si-mas! “Pan de pata”, le llamarán los muchachillos cuando descubran el método.

Niquer ta mère

Se dio aquí, contrario a otras ciudades ocupadas, el caso de que ningún residente cometerá traición, ni siquiera por presión, favores o necesidad imperiosa. Se darán en cambio múltiples casos de valor y temeridad. Mujeres, por ejemplo, respondiendo a los galanteos galos con un “niquer ta mère fils de la pointe” (chinga tu madre, hijo de puta), en un francés costeño divulgado por oficiales del tixtleco coronel Nachito Altamirano. O bien escupiendo en el vaso de agua solicitado por el enemigo. Los niños, incluso, participaban en aquél patriótico rechazo cantando un estribillo inocente que decía: “¡francés, francés, como cuita y no me des!”.

Los galos se anticiparon aquí cien años a la crueldad germana durante la Segunda Guerra Mundial. Recibirán entonces una sopa de su propio y viejo chocolate. Cuando un francés aparecía lesionado o muerto por acción de la guerrilla –acuchillado, macheteado o arrastrado por jinetes–, se montaba inmediatamente la plaza principal el cuadro de fusilamiento. Se pasaban por las armas a ciudadanos inocentes pescados al azar, siempre duplicando o triplicando el número de extranjeros victimados.

A causa de una oposición férrea y tenaz, llegará el momento en que la situación de las tropas del emperador sea desesperada aquí y en otras partes de la entidad. Reacción nunca imaginada por parte de un pueblo dócil y convenenciero, así dibujado por mexicanos “fils de la pointe”.

Urgidos refuerzos para Mazatlán, los efectivos de Acapulco serán movilizados hacia aquél puerto, quedando aquí sólo una pequeña guarnición. Entonces los lugareños se darán vuelo batiéndolos en toda la línea, siempre con la ayuda invaluable del paludismo, la disentería, el calor, la falta de agua potable e incluso de alimentos.

–¡Mi Dios, que mexicanos tan duros!–, clama con sentimiento de derrota el general Darrieux, comandante en jefe de los invasores, cuando se vea obligado a pedir refuerzos.

Marcel Dubois

El nuevo contingente de auxilio está formado únicamente por soldados franceses, al mando del coronel Marcel Dubois, pregonando su orgullo de haber peleado bajo las órdenes del legendario mariscal Ney. Sus soldados lo pintaban como duro, insensible e implacable, pero muy precavido. No haber dado nunca un paso en falso, le valía ser un militar sin derrotas.
Llegando, llegando, Dubois recibe la encomienda de acudir en auxilio del capitán Dupin, cercado con sus soldados argelinos por combatientes de La Venta, Tres Palos y Texca. Precavido en exceso, Dubois no va directo a salvar a los suyos, sino que por el camino interroga a cuanto caminante se topa. Ahíto de información, toda falsa, por supuesto, saca en conclusión que el general Juan Álvarez se encuentra en La Sabana. Se olvida de Dupín para ir en pos de la cabeza de aquél “vieux salaud” (viejo cabrón).

La epopeya de La Sabana la contaba el periodista Jorge Joseph Piedra cuando fue alcalde de Acapulco. En sus giras por los poblados del municipio, le gustaba narrarla con gestos y ademanes teatrales rodeado siempre por hombres, mujeres y niños. En uno de esos encuentros debió escucharla su hija Luz de Guadalupe y tal cual la narra en su libro En el viejo Acapulco (La Prensa, 1992) . Hoy aquí, también tal cual, la narramos muy resumida por razones de espacio.

Álvarez no está en La Sabana, Dubois ha sido engañado como un chino. Sólo habitan en el pueblo cuatro hombres heridos quienes, para tratar de engañar al enemigo, han colocado sombreros simulando hombres atrincherados. El problema grave era la presencia de 19 muchachas entre los 15 y 20 años de edad, muy lindas como son todas las sabaneñas, corriendo un grave peligro no obstante estar encerradas en un jacalón. Cada una de ellas se había provisto para defenderse de cuchillos, machetes, dagas y hasta de chavetas de zapatero. El resto de los moradores son señoras, ancianos y niños, sin más armas que palos, machetes y hondas. Confiaban contener con ellos la furia de los mejores soldados del mundo y así resguardar el honor de las señoritas del lugar.

El coronel francés emite un alarido y se lanza sable en mano dispuesto a dar cuenta de un enemigo imaginado poderoso. Sus soldados lo siguen con aullidos siniestros, también dispuesto a hacer polvo a los juaristas. Pero nada, sólo el personal descrito. Dubois cree haber caído en una trampa y se repliega con su gente, siempre en guardia. Pronto, las avanzadas de reconocimiento confirmarán la inexistencia en el lugar de soldados o pertrechos, pero sí de un grupo de hermosas señoritas escondidas.

El sacrificio

Perturbado por el engaño y la humillación, Dubois lanza un nuevo grito de guerra señalando con su sable a las muchachas: “¡Ahí está nuestro botín de guerra, a ellas, son suyas!”.
Un alarido de lujuria salió de aquellas gargantas, y enloquecidos, frenéticos, corrieron hacia ellas igual que animales en celo. Aullaban, gritaban, bramaban, Dubois a la cabeza de aquella turba salvaje.

Antes de que aquellos salvajes llegaran a ellas, Amparito Otero, una güerita de cara redonda y ojos zarcos, que apenas llegaba a los quince años, se plantó frente a sus compañeros y blandiendo un filoso cuchillo, gritó:

–¡Muchachas, en el nombre de Dios y de la Virgen de La Soledad ...que viva México y que mueran los franceses!– Y sin titubear de un tajo se degolló, partiéndose la yugular. Y tras ella Toñita Mejía hizo lo mismo y luego Lupita Terrazas, hermosa morena de sólo 14 años. Y otra y otra. ¡Todas! Emilia, María Luisa, Esperanza, Guadalupe, María, Andrea, Epifania, Josefina, Manuela, Aurora y Evarista. Una a una, las 19 vírgenes se fueron arrancando la vida antes de ser mancilladas por aquellas bestias.

Aturdido e incluso conmovido por aquél sacrificio, no obstante ser famoso por su crueldad (¿arrepentido?) Dubois forma a su tropa para rendir inusitados honores militares a aquellas hermosas heroínas de La Sabana.

Surgirá más tarde la leyenda de que el militar francés había mojado su estandarte con la sangre de las doncellas sacrificadas, creyendo con ello devolverle el honor perdido por la invasión a México.

El Sur de Acapulco, 24 de febrero de 2011

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