miércoles, 23 de febrero de 2011

Recordando a Guerrero y a Altamirano

Ricardo Infante Padilla

Decía don Ignacio Manuel Altamirano, “Guerrero, ese hombre que nos envidian las naciones y que nosotros no valoramos lo suficiente porque lo tenemos demasiado cerca”; seguramente que don Ignacio, hombre amante de la historia, de impoluta moralidad que no sabía apegarse a los poderosos ni a los mitos, conocía al General Guerrero mejor que nosotros, y cabría recordar que el maestro Altamirano se vinculó y ofreció lo mejor de sí por las causas de la república, el federalismo y la independencia, ideales políticos que encabezara don Vicente Guerrero Saldaña y que le costaran la vida.

Guerrero era un hombre al que -como señalaba Lorenzo de Zavala- nada le debía al conocimiento escolar y todo a la naturaleza; y es verdad, Guerrero fue un hombre con el que la naturaleza fue especialmente pródiga, le dio una inteligencia natural, lo proveyó de valor, fuerza, carácter indómito, paciencia, generosidad y un patriotismo a toda prueba. Hoy es común que nuestros exquisitos historiadores nos lo pinten como un pardo ingenuo, un tanto lerdo, aunque valiente y bien intencionado. Nada más lejano de la realidad. Guerrero, a los escasos 19 años tenía perfectamente claro cuál era la causa a la que debía servir. El ambiente familiar le era adverso, pues su padre y sus tíos colaboraban con el régimen español siendo armeros en el Batallón de pardos ubicado en Tixtla; y en pleno convencimiento de que La Colonia no había sido tan adversa para su familia, pues además de su comisión militar poseían una recua que les daba una situación desahogada, desde el punto de vista económico. Este es otro punto en que no han reparado quienes lo analizan. Guerrero no tenía necesidad económica, y a pesar de todo decidió vincularse con los más desposeídos.

Su fidelidad a la causa de la Independencia así como su conocimiento de caminos y serranías lo hicieron un hombre indispensable para el generalísimo Morelos. Su gran capacidad para aprender lo hizo que se volviera un estratega de primer nivel, prueba de ello es que muchos de los que iniciaron el movimiento de Independencia a pesar de tener mayores estudios, incluso muchos de ellos una preparación militar profesional, no lograron sobrevivir, y por lo tanto, de ninguna manera aportaron lo que el General Guerrero, a la causa de la libertad nacional.

Recordemos a los iniciadores de la Independencia: Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Abasolo, ninguno de ellos tuvo ni la capacidad militar ni la visión política y social que tuvo Guerrero. Los iniciadores de la guerra de Independencia nunca suscribieron un documento en el que se evitara proclamar su lealtad a Fernando VII. Su lucha duró apenas tres meses, y ante las derrotas se dividieron. Allende desconoció a Hidalgo, incluso trató de envenenarlo. Guerrero nunca se amilanó ante las derrotas; en ocasiones era acompañado por un solo hombre y con ello era suficiente para reactivar contingentes decididos a luchar.

Para Guerrero la estrategia era un don como si hubiera leído las tácticas de Alejandro de Macedonia, quien decía que su mejor aliado era saber usar la naturaleza. Guerrero, al revés de los grandes ejércitos libertadores de Sudamérica contaba con pequeños contingentes perfectamente organizados, pero sobre todo, al revés que algunos como Bolívar, que nunca perdieron su condición de clase, Guerrero siempre se mantuvo vinculado a los más humildes habitantes de nuestro país, y en especial de nuestro estado.

Guerrero aceptaba las sugerencias y los consejos; es innegable la influencia de Morelos, y también sabemos que recibió apoyo y consejo de Poinsett, y de Lorenzo de Zavala. También sabemos que supo hacerlos a un lado cuando se percató de que no compartían sus ideales. La gran paradoja es por qué no existe todavía un gran estudio para analizar profundamente a este mexicano. Resulta casi insultante la gran profusión de obras, algunas de miles de páginas dedicadas a Santa Anna y la escasísima bibliografía analizando profundamente los logros y contribuciones del General Guerrero. De nuevo recordamos a Altamirano… ¿será porque lo tenemos demasiado cerca?, o será porque los mexicanos admiramos más a los déspotas y a los villanos que a los hombres sencillos y honestos, porque no es posible que en el bicentenario de la Independencia, salvo escasísimas excepciones no hubiera una protesta por el soslayo que se hizo del insigne tixtleco que sacrificó todo incluyendo la vida, por este nuestro país, que le ha sido tan ingrato.

Guerrero fue asesinado en Cuilapan, Oaxaca, el 14 de febrero de 1831; fue secuestrado por un mercenario que según documentos de la época, fue contactado por Nicolás Bravo, quien le entregó una carta de puño y letra para el ministro Facio, iniciando con esto, el proyecto para su secuestro y asesinato. A quienes aseguran que no fue así, que esto es una infamia y que Bravo nunca traicionó a Guerrero, les sugerimos que lean la carta que Bravo le escribe a Lucas Alamán, felicitándolo por la muerte de Guerrero, y de paso asegurando que si Álvarez no entraba en razón correría la misma suerte. La carta no es difícil de localizar, y si bien la nota enviada a Facio seguramente fue destruida, la carta existe.

Guerrero, al revés que Bravo, Mier y Terán y López Rayón, siempre rechazó la amnistía; incluso cuando respondió a su padre “Primero tuve Patria que padre”, y que después se transformaría en la poética frase de “La Patria es Primero”, que siendo sinceros, significa lo mismo.

Para 1820, Guerrero no es sólo un militar de amplísima experiencia, también había aprendido sobre aspectos sociales y políticos; por eso, y ante el estancamiento en el resto del país del movimiento independentista decide convocar al coronel Moya, originario de Chilpancingo y al mando de tropas realistas, a que se una a la lucha por la Independencia; que incluso, a él no le interesa encabezar esa lucha sino secundarla para que Moya entendiera, que podía ser el gran factótum para el triunfo de la causa. Moya le contesta en términos amables negándose a la petición de Guerrero y señalándole que ya no es necesaria la lucha por la Independencia, puesto que la Constitución de Cádiz de 1812 había dado la misma calidad a todos los súbditos del rey de España. Moya no entendía que Guerrero buscaba la creación de una nación independiente, no el rango de súbdito de España. En el mismo sentido le escribe a Armijo; lo hace porque Armijo también ha nacido en el sur, pero igualmente declina a la invitación, con el adherente de que Armijo entrega la carta al virrey, diciéndole que Guerrero está en disposición de pactar con algunos militares realistas.

Cuando las autoridades virreinales se enteran de tal cosa se lo comunican a Agustín de Iturbide; es decir, ni siquiera esto se le ocurrió a Iturbide. Iturbide aprovecha la circunstancia creada por Guerrero, y es por ese motivo que el suriano entra en una relación epistolar con el asesino criollo.

Iturbide acude al intercambio de cartas, no por buena voluntad, sino porque a pesar de su arrogancia y sus declaraciones de que en un mes pacificaría el sur, a pesar de que le otorgan su famoso Batallón de Celaya que había causado terror en el Bajío, y que es apoyado económicamente en todas sus solicitudes; aun así, las únicas cuatro batallas que emprende en lo que hoy es el territorio del Estado de Guerrero sufre sonoras derrotas, dos perpetradas por don Pedro Ascencio de Alquisiras, indígena tlahuica que no aceptaba más órdenes que las de don Vicente Guerrero, y otras dos logradas por don Vicente personalmente, siendo el último de estos encuentros verdaderamente graves para Iturbide, por la cantidad de hombres y equipo que pierde al enfrentarse al caudillo del sur. Entonces Iturbide decide apelar a aquel argumento de cerrar filas y lograr la Independencia.

Sabemos cuál fue la actuación de Iturbide, sabemos que don Vicente supo honrar su palabra y le dio oportunidad al michoacano de que, efectivamente, gobernara para todos los mexicanos mostrando su absoluto desapego al poder y a la riqueza.
Posteriormente, Guerrero se vuelve un símbolo; un símbolo al que no es fácil derrotar ni militar, ni políticamente. De ahí que la única solución era engañarlo, traicionarlo y asesinarlo.

Guerrero representa a la más humilde y segregada parte de la sociedad colonial; ese fue uno de los principales aspectos que lo hicieron poco aceptable para una sociedad racista y clasista que no podía aceptar que un descendiente de negros, como ellos lo llamaban, fuera la máxima figura política de nuestro país; y aunque es cierto, como dice Nietzsche, que en la historia no hay hechos sino interpretaciones. Todavía no conozco a los historiadores de alcurnia que sepan diferenciar entre un levantamiento popular para protestar por el fraude y las manipulaciones que se habían hecho para que Guerrero no llegara a la presidencia, y un golpe de estado. Guerrero y quienes participaron en la lucha de La Cordada, no pretendían remover del país al presidente de la república, Gral. Guadalupe Victoria; lo que exigían era que accediera a la primer magistratura del país, aquel que la mayoría de los mexicanos veían como su líder, y no a un ex militar realista investido como ministro de la guerra, que desde luego, garantizaba preservar el estatus, sobre todo de los españoles, quienes aportaron grandes cantidades de dinero, mientras que los comandantes de las diferentes plazas del país se ocupaban de amenazar a los diputados que entonces eran quienes votaban en la vieja fórmula de pan o palo. Contra eso fue el Motín de La Cordada, por eso fue que se saquearon los comercios de los españoles, y que después se impulsara su expulsión del país.

Como se ve, hay muchas formas de interpretar los hechos históricos.

La muerte de Guerrero, desgraciadamente coincide con un día promovido por el comercio fundamentalmente transnacional como un supuesto día del amor y la amistad; quizá en el Estado de Guerrero podríamos transformar ese día, en el día del agradecimiento al valor y a la lealtad.

El trece de febrero de 1893, en San Remo, Italia, falleció el gran Maestro de la Juventud: el indómito combatiente por la libertad, la Independencia y la democracia, el que en indio ser su vanidad fundaba, como escribiera su maestro Ignacio Ramírez, el que no pactaba con los poderosos, ni aunque estos se apellidaran Juárez; el que tuvo que alejarse del Gral. Álvarez, hombre al que quiso como si fuera su padre por no solapar a Diego –hijo del general que en nada se parecía a él-; desde luego me refiero a don Ignacio Manuel Altamirano.

Nativo de Tixtla, amante de su ciudad natal, a quien dedicara hermosas páginas recordando sus lugares más bellos, Altamirano, él que luchara contra todo y contra muchos por su apariencia indígena, por su pelo hirsuto, por su indomable carácter, por su maravillosa inteligencia, por su capacidad de superar todos los retos.
Altamirano no sólo era un hombre políticamente comprometido, sobre todo era un hombre amante del conocimiento y la educación. Altamirano entendió cuál es el verdadero problema de nuestro país: la falta de educación; los hombres que no tienen acceso al conocimiento tienen mayor dificultad para razonar en todos los aspectos. Hay a quienes les basta la inteligencia natural pero no es lo común, de ahí que Altamirano terminara siendo el maestro de la juventud, como lo calificaran don Justo Sierra y el Dr. Gabino Barreda: sus más dilectos alumnos. Él, a su vez, fue alumno del hombre más ilustrado, definido políticamente, modesto y limpio que podía existir: don Ignacio Ramírez, quien también, por cierto, tenía una fuerte porción de sangre indígena en su historia genética.

Altamirano, desde su llegada al Instituto Literario de Toluca solía escabullirse como oyente a los cursos de don Ignacio Ramírez, poco a poco su relación se fue haciendo más intensa, y así el tixtleco tuvo la suerte de encontrarse con el mejor educador que existía en el país. Curiosamente, la beca que permite a Altamirano estudiar en el Instituto Literario fue promovida a nivel gubernamental por don Ignacio Ramírez, esta beca se otorgaba a los más brillantes estudiantes indígenas del estado de México –cabe recordar que en aquel entonces no existía el Estado de Guerrero y que gran parte del territorio del estado pertenecía al Estado de México-. Posteriormente, el mismo Ramírez lo motiva a estudiar en la ciudad de México jurisprudencia, y también promueve en su joven alumno el amor por la literatura que finalmente fue una de sus grandes pasiones.

Ignacio Manuel Altamirano suspende sus estudios de jurisprudencia en el Colegio de San Juan de Letrán para incorporarse a la Revolución de Ayutla, promovida por quien fuera su tutor: don Juan Álvarez Hurtado.

Al triunfo de Ayutla se ve inmiscuido en infinidad de actividades políticas, y desde luego en la lucha de la Guerra de Reforma. Durante la Intervención Francesa se incorpora a la División del Sur, al mando del Gral. Vicente Jiménez, heroico tixtleco que no trasciende mayormente en nuestra historia a pesar de sus méritos militares por haberse opuesto a las imposiciones, pero que como comandante militar representó para Altamirano un baluarte y un gran maestro de las técnicas bélicas. Con Jiménez, Altamirano participa en la toma de Querétaro y al final de la lucha se licencia con una carta de recomendación del Gral. Jiménez, reconociendo sus grandes méritos durante aquellos años decisivos para nuestro país.

Altamirano se vuelve un diputado de las alturas de Dantón o de Robespierre; es temible su palabra. Su oratoria es brillante y siempre es leal a las mejores causas de la república, pero sobre todo al reconocimiento de sus paisanos del sur que tanto habían aportado a la patria. Altamirano forma parte del grupo de diputados radicales, al lado del nieto de don Vicente Guerrero: don Vicente Rivapalacio y al lado de El Nigromante. Se oponen a algunas de las decisiones políticas de Benito Juárez en su tercera reelección; se oponen a que siga candidateándose a la presidencia y se oponen a la amnistía que el gobierno juarista otorga a los ex conservadores y a los proclives al imperio como una medida política.

Altamirano monta en cólera y recuerda los asesinatos de Melchor Ocampo, de Santos Degollado, de Platón Sánchez y muchos otros que fueron ultimados después de terminada la Guerra de Reforma. Con una pasión inigualable sube a la tribuna de la Cámara de Diputados y lanza –como si fuera una flecha de fuego- su famoso discurso en contra de la amnistía; el diputado Altamirano no prepara el discurso, sube enfebrecido de rabia, la cual no amilana la claridad de sus ideas y aporta una de las más brillantes piezas de oratoria política por su claridad, pasión y radicalismo. Conocemos el discurso porque una secretaria del congreso se dio a la tarea de irlo tomando. Gracias a eso se preservó. Esta pieza oratoria fue un parte aguas en la historia de Altamirano; los expertos en el tixtleco –como su máxima estudiosa, la Dra. Nicole Girón- señalan que después de este momento Altamirano tomó otra dimensión en la política nacional. Al mismo tiempo, sus artículos periodísticos eran insoslayables, pero también se daba el tiempo para la tarea literaria. En este ámbito quizá sea el único aspecto en su vida en que decidió aceptar vincularse con aquellos que en la lucha política habían sido sus adversarios, y señalaba que en las reuniones literarias solía compartir lecturas de textos con personajes que de haberse encontrado en el campo de batalla los hubiera ejecutado. Pero el arte no tiene ideología, y Altamirano no era ni un fanático ni un hombre obtuso.

Altamirano creó la Normal, dio clases en la Escuela Nacional Preparatoria, fue miembro y presidente de la Sociedad de Geografía y Estadística, esta actividad lo llevaría a ser representante de México en un Congreso Internacional que se desarrolló en Suiza, en donde dice la anécdota que al ver al maestro Altamirano los arrogantes sabios europeos, se preguntaban en qué lengua primitiva hablaría aquel nativo; don Ignacio disertó en la lengua natural de aquellos prepotentes dejándolos boquiabiertos, quizá porque no sabían que Altamirano a los trece años apenas sí hablaba español, pero que a los 16 ya daba clases de francés y latín.

Altamirano se va de México decepcionado de Porfirio Díaz, su compañero de armas, al que ayudó a llegar al poder a través del periodismo y que lo desilusiona como lo había desilusionado Lerdo, y antes Juárez. En esa época, acepta ser cónsul de México en Barcelona donde es recibido con gran beneplácito. Poco después intercambia con Payno y se hace cónsul en París; y París era la capital del mundo, todo lo importante pasaba en París, la cultura de entonces estaba íntimamente relacionada con Francia; pero París no se parecía a Tixtla y él estaba viejo y enfermo, y aunque no quería regresar al entorno gobernado por Díaz, si deseaba pasar sus últimos días escribiendo textos literarios, recibiendo cartas y fotos sobre sus nietos, sus “amados güeritos”, y por tal motivo escoge un lugar tranquilo, de clima templado, con un entorno latino, y se traslada a la pequeña ciudad de San Remo, en su misma calidad de cónsul. Ahí fallece un trece de febrero. México había perdido a otro de los enormes tixtlecos que lucharon y crearon una nación en el siglo XIX; y si bien Altamirano había fallecido, su obra empezaba a tener el auge que merecía.
Por tal motivo, en muchos países de América se ha reproducido sobre todo una de sus novelas: Clemencia; que si bien no es tan famosa como “Navidad en las Montañas”, ó “El Zarco”, está considerada por los expertos como la más importante novela de la época tanto en el aspecto literario como en el retrato social que en ella se plasma.
Altamirano no es un personaje para mencionarlo en las fiestas cívicas, es una muestra de que en el sur los hombres que deciden trascender de la miseria, la ignorancia y la enajenación, cuando se deciden a hacerlo, lo logran, por tal motivo su ejemplo sería seguido por gente como Teófilo Olea y Leyva, Vázquez del Mercado, y otros en el ámbito científico y cultural, que orgullosamente se inmiscuyen en el espíritu altamiranista para enorgullecer a este estado que tanto ha aportado en todos aspectos a la nación que hoy tenemos.

Periódico Pueblo Guerrero, 21 de febrero de 2011

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